El día que Luis Aparicio comenzó a vivir para siempre

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Hace 35 años fue elevado al Salón de la Fama de Cooperstown el único venezolano que, por ahora, habita en el templo

Béisbol Play: La perennidad del pequeño hombre, que llegó a ser mucho más grande que su padre Luis Aparicio Ortega –a quien ya le decían el Grande-, nació con el Gloria al Bravo Pueblo elevándose sobre el pueblo de Cooperstown; 35 años después esas notas no han vuelto a invadir la localidad, ni tampoco los salones de grabados eternos en bronce. El amarillo, el azul, el rojo, con las estrellas y el escudo se alzaron por encima de todos, buscando el cielo, como queriendo imitar la altura que había alcanzado el nombre de Luis Aparicio

Dicen que el sol veraniego que golpeaba el pueblito de Cooperstown el 12 de agosto de 1984 era tan inclemente que, entre la multitud, el expresidente de Venezuela Carlos Andrés Pérez se secaba el sudor de la calva de forma casi compulsiva. Ni siquiera él, que no tenía nada que ver con las esferas del beisbol, y que en ese momento no ostentaba la banda tricolor como el mandatario del país, quería ser ajeno al instante en el que Luis Aparicio fuera ungido con el bálsamo de la inmortalidad del Salón de la Fama.

El poder político de Carlos Andrés –quien era un amigo más del marabino y que estaba entre los parroquianos, cercanos y familiares- había sido disminuido a absolutamente nada por la aureola del Pequeño Louie, ataviado con un traje gris claro que, según él, había sido confeccionado especialmente para la ocasión. Y es que, si bien para el resto de los mortales el desvanecimiento llega de forma espontánea, sin el decoro del aviso, para los que se ganan la eternidad existe el lujo de una ceremonia y quién no querría vestirse bien el día que comienza a vivir para siempre.

Aparicio tenía que aguardar que el maestro de ceremonia George Grande y el Comisionado de las Grandes Ligas, Bowie Kuhn, le dieran entrada a los otros hombres que beberían el elixir de la eternidad que solo brota en el suelo de Cooperstown, en donde –dicen- se jugó por primera vez al béisbol en el siglo XIX. Primero fue el cátcher Rick Ferrell, luego el campocorto Pee Wee Reese, después el slugger Harmon Killebrew y el lanzador Don Drysdale. Solo era cuestión de minutos, nada que retrasase mucho la espera, ni que atentara contra la paciencia del venezolano que había sido curada desde 1979, cuando apareció por primera vez en las boletas.

La grandeza de su estampa no fue de carácter universal. Era un expelotero que, por lo que había hecho en el campocorto entre 1956 y 1973, por ser el estandarte de la velocidad en las bases durante su época de oro, por ser un revolucionario, merecía la intronización, pero que tuvo debilidades ofensivas que lo hacían más mortal que muchos otros. Lo opacó el brillo indiscutible de estrellas como Willie Mays, Duke Snider, Al Kaline, Bob Gibson, Frank Robinson, Hank Aaron, Brooks Robinson y Juan Marichal, quienes fueron electos al Salón de la Fama entre 1979 y 1983.

Sin embargo, estaba allí, en la tarima. En medio de Dioses Olímpicos del juego como Stan Musial o Sandy Koufax; cerca de Warren Spahn, Lefty Gómez y Ernie Banks. Y no era un extraño o una simple presencia fortuita. Bromeaba con ellos. Les hablaba de tú a tú, como uno más. Ese era su lugar, entre los grandes y para siempre.

“Les presento a alguien que desde hace tiempo ha debido estar aquí”, dijo el Comisionado Kuhn en español, recuerda Humberto Acosta, periodista venezolano que para ese entonces era reportero estelar de beisbol en El Nacional, y que estaba en la ceremonia. “Me refiero al mejor shortstop de todos los tiempos, Luis Aparicio”.

La perennidad del pequeño hombre, que llegó a ser mucho más grande que su padre Luis Aparicio Ortega –a quien ya le decían el Grande-, nació con el Gloria al Bravo Pueblo elevándose sobre el pueblo de Cooperstown; 35 años después, esas notas no han vuelto a invadir la localidad, ni tampoco los salones de grabados eternos en bronce. El amarillo, el azul, el rojo, con las estrellas y el escudo se alzaron por encima de todos, buscando el cielo, como queriendo imitar la altura que había alcanzado el apellido Aparicio.

El excampocorto se levantó y, serio y distante, como suele ser con quienes no integran su círculo más cercano, prometió no aburrir a nadie con un discurso largo. Cumplió. Acosta inmortalizó cada una de las palabras en una hoja blanca que al día siguiente estarían en tinta en las páginas estándares de El Nacional.

“Cuando vine por primera vez a este país, treinta años atrás, era tan solo un jovencito con muy poco en mis bolsillos, pero lleno de sueños, con un mundo entero por ganar. Hubo momentos de ansiedad y frustración. Pero mi amor por el beisbol, y la ayuda y el coraje que obtuve de mis compañeros de equipo y de mis amigos, fueron más fuertes que esos obstáculos. Sin embargo, el Salón de la Fama era para mí un sueño muy lejano.

Trabajé  muy duro para hacer lo mejor por mi equipo, por los fanáticos, por todos aquellos que aman este juego y por el beisbol mismo. Es por eso que para mí, estar entre los más grandes jugadores de la historia de las Grandes Ligas, siempre significará mucho más de lo que pueda expresar. Le doy gracias a mi padre, a quien le debo los primeros secretos que aprendí de la profesión. Le doy gracias a mis compañeros de equipo, desde la gente que trabaja en la oficina, hasta los recoge bates.

Le doy las gracias a los periodistas y a todos aquellos que dan las noticias de los deportes. Le doy gracias a mi esposa y a mis hijos. Le doy gracias a las personas de esta gran nación. Y sobre todo, le doy gracias a Dios. Hoy, treinta años después de venir por primera vez a este país, le doy gracias a todos”.

Aparicio comenzó su vida eterna a los 50 años de edad, sin canas en el cabello, con figura y rostro rebosantes de una lozanía que, muy posiblemente, invitaba al resto de sus colegas inmortales a seguirle llamando Little Louie. Lo residenciaron para siempre al lado de Babe Ruth, el más grande de todos los tiempos, en la entrada del Templo y a la derecha. Hoy tiene 85 años. En algún momento, como le ocurre a cada ser vivo que habita el planeta, su cuerpo ya no existirá, pero él nunca será un mortal. Él vivirá para siempre mientras exista el beisbol.

Andriw Sánchez Ruiz | @AnSanchezRu

 

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